Hay ciudades que se conocen caminándolas, otras a las que tal vez simplemente hay que observarlas desde una ventana. Kansas City, en este caso, empezó a entenderse desde el asiento trasero de un Uber.
Sam Davis llegó a la puerta del hotel con una puntualidad asombrosa. Sonrió apenas nos vio, hizo un “choque los cinco” y en cuestión de minutos rompió uno de esos prejuicios que los latinoamericanos suelen tener sobre Estados Unidos. Esa imagen del estadounidense distante, correcto pero frío, se evaporó antes de que termináramos de acomodarnos en el auto.
La conexión fue inmediata. Lo que debía ser un simple traslado desde el hotel hasta el centro de acreditaciones ubicado al lado del Kansas City Stadium terminó transformándose en una especie de visita guiada improvisada. Sam dejó de ser conductor para convertirse en anfitrión. En traductor cultural, en una suerte de conductor designado para esta aventura mundialista.
Y quizás por eso, mientras avanzábamos por autopistas impecables, avenidas enormes y barrios que parecen diseñados con regla y escuadra, Kansas City empezó a mostrarse de una manera distinta.
Un par de horas en esta ciudad alcanzan para entender por qué Lionel Scaloni y su staff la eligieron como búnker para el Mundial 2026. Todo parece funcionar a una velocidad distinta. Hay una tranquilidad difícil de encontrar en las grandes urbes norteamericanas, casi no existen embotellamientos, los espacios sobran y el centro de entrenamiento que utiliza a la Selección está a la altura de los campeones del mundo.
Aunque, claro, esa calma estuvo amenazada durante los últimos días por las alertas de tornado que pusieron en alerta a toda la región y generaron preocupación incluso dentro del búnker albiceleste. “No es algo común en esta época. Los tornados se producen en abril/mayo y después en agosto/septiembre”. Igualmente afectan a las zonas rurales; no tanto en el centro”, había explicado Viviana, empleada de un hotel.
Sam se ríe cuando escucha hablar de Kansas City como si fuera una sola ciudad. “No hay demasiadas diferencias entre las dos Kansas”, anticipa.
La frase parece sencilla. Hasta que uno descubre que Kansas City es, en realidad, dos ciudades separadas por una frontera estatal. De un lado está Missouri; del otro, Kansas.
La división puede verse con una claridad casi absurda. Existe una calle llamada State Line Road. Sí; línea de Estado, Literalmente.
Alcanzan dos pasos para cambiar de jurisdicción y con eso hay otros organismos de seguridad, leyes diferentes y sistemas educativos diferentes. “Eso sí; pero después son ciudades similares. En las costumbres y en la urbanización”, explica.
Mientras se intenta entender esa línea invisible, Sam cuenta la historia con naturalidad. Para los habitantes locales esa rareza geográfica forma parte de la rutina.
La charla deriva inevitablemente hacia el deporte, porque si hay algo que une a Kansas City con Argentina es la pasión por los equipos. “El fútbol es popular acá. Kansas City es la capital nacional del soccer en América”, saca pecho.
La afirmación puede sonar exagerada para quien llega desde el país campeón del mundo, pero alcanza con hacer un recorrido rápido por la ciudad para advertir que el deporte creció de manera notable.
El Sporting Kansas City es uno de los clubes más importantes de la MLS. Sus dos títulos de liga y una larga colección de conquistas nacionales lo transformaron en una referencia para la región y Sam habla del equipo con orgullo, aunque cuando la conversación gira hacia el béisbol, sus ojos parecen iluminarse todavía más.
A pocos metros del Kansas City Stadium se encuentra el Kauffman Stadium, en donde en el mediodía de domingo los Kansas City Royals estaban listos para enfrentar a los Houston Astros. Horas más tarde ganarían 4 a 0. “La gente acá es muy fanática, el béisbol gusta muchísimo. Yo también juego con mis amigos”, cuenta.
Lo dice con una mezcla de orgullo y nostalgia, como cualquier argentino hablando de un picado de fútbol con sus amigos; y ahí aparece una de esas conclusiones que los viajes suelen regalar.
Las ciudades cambian, los idiomas y los deportes también. Pero las personas, no tanto.
Detrás de los estadios gigantes, de las autopistas infinitas, de las fronteras invisibles entre estados y de las diferencias culturales, terminan apareciendo las mismas historias.
Esas que muestran a alguien que disfruta de reunirse con amigos para practicar un deporte, las de alguien que siente orgullo por su ciudad, o las de una persona que quiere que el visitante se lleve una buena impresión de su casa.
Antes de despedirse, Sam desea suerte para la Selección Argentina y asegura que hará fuerzas para verla avanzar hasta las últimas instancias del Mundial. Eso sí, prometió algo más: que sería el “chofer oficial” durante toda la estadía de LA GACETA en Kansas City.
A veces se viaja miles de kilómetros buscando historias extraordinarias, mientras que a otras se las encuentra en el asiento de un Uber conducido por un hombre llamado Sam, con pinta y nombre característico de Estados Unidos, que durante un puñado de kilómetros logró que una ciudad desconocida se sintiera un poco más parecida a casa.